¿Niños buenos, estudiantes malos?

por Osvaldo Torres

Durante las últimas semanas hemos presenciado métodos represivos usados por la policía contra los estudiantes secundarios que claramente vulneran los derechos de los niños.

Los casos de desnudos en Rancagua; las agresiones físicas y específicamente sexuales a alumnas del Liceo 1 de Santiago; la ocupación por parte de Carabineros, incluido un bus policial, al interior del Instituto Nacional, son sólo algunas de las múltiples denuncias presentadas a tribunales y otros organismos, que se suman a los informes en los que diferentes instituciones de derechos humanos han sistematizado los casos que les ha tocado defender (entre ellas, Corporación Humanas, Amnistía Internacional, Observadores de Derechos Humanos, CODEPU, etc.).

Este cúmulo de antecedentes es prueba de que estos procedimientos policiales no serían conductas individuales, sino que pueden obedecer a patrones represivos regulares o aceptados por la institución para esta fase de las movilizaciones estudiantiles.

Si lo anterior lo relacionamos con la Convención sobre los Derechos del Niño, podremos apreciar si el gobierno está cumpliendo con los estándares de respeto a este instrumento internacional firmado por Chile.

En su artículo 3, afirma: “En todas las medidas concernientes a los niños que tomen las instituciones públicas o privadas de bienestar social, los tribunales, las autoridades administrativas o los órganos legislativos, una consideración primordial a que se atenderá será el interés superior del niño”. Esto implica que el Gobierno debe instruir y formar a la policía en que al resguardar el orden público se debe considerar la condición de menores de edad y por ello tratar adecuadamente según su condición de mayor fragilidad y etapa de la vida.

En los artículos 13, 14 y 15, la Convención les reconoce a los niños y niñas los derechos civiles que tenemos todas las personas:

-“El niño tendrá derecho a la libertad de expresión; ese derecho incluirá la libertad de buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de todo tipo, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o impresas, en forma artística o por cualquier otro medio elegido por el niño…”;

-“Los Estados Partes respetarán el derecho del niño a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión”;

-“Los Estados Partes reconocen los derechos del niño a la libertad de asociación y a la libertad de celebrar reuniones pacíficas (…) No se impondrán restricciones al ejercicio de estos derechos distintas de las establecidas de conformidad con la ley y que sean necesarias en una sociedad democrática, en interés de la seguridad nacional o pública, el orden público, la protección de la salud y la moral públicas o la protección de los derechos y libertades de los demás”.

La cuestión es: ¿los niños pierden el derecho a ser escuchados cuando visten uniforme escolar? ¿Son niños solo cuando sus opiniones nos son agradables y no cuestionan el orden construido por nosotros y que a ellos no les satisface? Estos “niños de uniforme”, ¿no tienen los mismos derechos cuando comienzan a pensar por sí mismos?

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